La guerra y la Historia

Imagen de M. Peinado

Fuente:  La Gaceta.

Hace unos días, Laura Martín publicó un interesante análisis histórico sobre la guerra y su trascendencia en la historia humana.

Comienza el artículo diciendo que la guerra es, inevitablemente, una constante en la historia del ser humano.  Cierto, pero matizable.  También habría que constatar que la paz ha sido tan constante y tan inevitable como la guerra, lo que ocurre es que sobre ella no se ha historiado tanto porque nos hallamos insertos en un paradigma de dominación-violencia que no nos deja ver las alternativas a la guerra y a la violencia y reverencia la guerra.

La agricultura implicó la concentración de recursos en lugares fijos, y la necesidad de defenderlos. Esto dio lugar a la construcción de ciudades amuralladas, como Jericó, y ciudades fortificadas, como Çatalhöyük, -o Catal Huyuk-, ubicada en lo que ahora es Turquía.

Y con ellas se exacerbaron las ideas, nada objetivas y sí muy interesadas, de enemigos externos culpables de todo lo malo que nos pueda ocurrir.  También el egoísmo y la insolidaridad aumentaron su influencia en la cultura humana y tomaron carta de realismo político.

Paralelo al crecimiento de los ejércitos en estas sociedades, se desarrolló también la tecnología de guerra. Con la introducción del bronce, y mil años después el hierro (1200 a.C), se sustituyeron la piedra y los huesos por materiales más efectivos para las puntas de lanza, hachas, flechas, lo que daría pie a la creación de armaduras de metal. El siguiente paso fue el uso de fortificaciones,el empleo del asedio como técnica de ataque, la domesticación del caballo y su uso para el carro de combate y montura, y posteriormente los barcos de remo y las galeras.
Hasta la aparición de la pólvora los elementos principales en la lucha son constantes: Por un lado, soldados de a pie con espadas y lanzas, arcos, jabalinas, hondas. Por otro, caballería con arcos y lanzas y máquinas de asalto (p.e. las catapultas).

Se le olvida a Laura Martín comentar el negocio que ha conllevado siempre la tecnología militar.  Y que el negocio lo fue, lo es y lo seguirá siendo sólo para unos pocos privilegiados.  Los demás, vimos, vemos y veremos cómo los fondos dedicados a gastos sociales se desvanecen en aras de la seguridad que nunca es perfecta en gastos de muerte y violencia. Por otra parte, se olvida que durante tales siglos los avances tecnológicos no fueron tan unilaterales ni unidireccionales. Por buscar una referencia fácil de encontrar al respecto, el primer volumen del libro «En la espiral de la Violencia» nos dará una visión mucho más matizada de la historia humana a que se refiere Laura Martín.

Esto implicaba la necesidad de organizar los ejércitos en el uso de estos elementos. Los asirios, por ejemplo, fueron los primeros en crear una fuerza de mercenarios. Las polis griegas usaban ciudadanos-soldado, los hunos luchaban con jinetes nómadas organizados. Ante las nuevas formas de guerra, los factores básicos para el éxito eran la organización eficaz y la disciplina.

Y habría que añadir, en nuestra opinión, que la creación de los ejércitos provocó hondas repercusiones sociales:  se creó una élite no productiva y sí parásita del Estado y de la sociedad.  Aparecieron, se olvida la autora constatarlo, los golpes militares, moda tan arraigada a lo largo de la historia.  Por ello necesitaban una cultura de defensa (antagónica a la cultura de paz) que les hiciese necesarios, imprescindibles.

La cultura de defensa es militarista, violenta, intervencionista, imperialista, opresora, machista, y otras lindezas que parece olvidar la periodista.  Una de las más importantes es que desapareció la soberanía ciudadana en las cuestiones de Defensa y todo quedó, nuevamente, en manos de una élite violenta.

El resto del artículo, aunque interesante, no lo comentamos, es sólo una repaso rápido por las distintas tecnologías militares, los principales eventos e imperios.  En ella se olvida, también los millones y millones de muertos, heridos, violaciones, ruinas, desplazamientos, etc., ocasionados por las guerras.  Sin ellos, parece que la historia es aséptica, sin sangre, sin dolor.  También se olvida de la destrucción de recursos y de lo que ha sufrido la naturaleza con nuestra violenta forma de «resolver» los conflictos. Se olvida de las microhistorias de paz, de noviolencia que también han tenido lugar y han hecho progresar las ideas éticas de las sociedades…

Para acabar, un cariñoso reto para Lidia Martín y La Gaceta:  ¿os atrevéis a realizar una historia de similar longitud y calado periodístico sobre la paz y la noviolencia a lo largo de la historia humana?

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