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El militarismo intervencionista de la aspirante a la Casa Blanca Hillary Clinton

Imagen de Nathania Jonhson

Fuente:  resumenlatinoamericano.org

Todos conocemos a Hillary Rodham, también Hillary Clinton.Los medios se hjan encargado de empacharnos con su imagen. Quizá por ello no nos preocupamos mucho en revisar quién es y qué ha hecho a lo largo de su larga vida política.

Esta imagen prefabricada y algo superficial beneficia algunas de sus facetas que no son publicitadas habitualmente por los medios de comunicación de masas.

Resumen Latinoamericano recuerda dos artículos publicados por el New York Times en febrero de 2016 sobre los aspectos que tienen que ver con Hillary y la Defensa.  Hay que recordar que el Times ha respaldado a la Clinton para la nominación a la Casa Blanca en las elecciones de este año, es decir, no es un periódico contrario a la mandataria.

Como Secretaria de Estado promovió la intervención militar de EE.UU.-OTAN en la guerra de Libia.  También fue proclive a otras intervenciones militares:  luego de los ataques del 11 de septiembre respaldó las acciones militares en Afganistán y la resolución de la guerra en Irak, pero posteriormente, se opuso a la administración Bush en el manejo de la guerra en Irak.

Parecen claras las pruebas sobre sus ansias de intervenciones militares en el extranjero con el objetivo, simplemente, de no quedarse atrás con respecto a otras potencias y no perder presencia en la zona:

Dentro del gobierno, informa el Times, ella presionó por la intervención militar directa de Estados Unidos en razón de que el gobierno británico y el francés seguirían adelante sin Estados Unidos y Washington sería “dejado atrás” y “sería menos capaz de dar forma” a la pelea por el control de Libia y su riqueza petrolera.

Promueve el intervencionismo desde todos los ángulos posibles:

Consideró al «poder inteligente» como la estrategia para afirmar el liderazgo y valores de EE. UU. en el mundo, mediante la combinación del poder militar con diplomacia y capacidades estadounidenses en la economía, tecnología y otras áreas.

Como suele ser habitual en Estados Unidos, para justificar sus intervenciones militares utilizan excusas que acaban demostrándose falsas:

El pretexto, que las fuerzas del gobierno libio estaban a punto de cometer una “masacre genocida de manifestantes” en la ciudad oriental de Bengasi, fue refutada posteriormente por grupos internacionales de derechos humanos, y el número total de muertos en enfrentamientos armados antes de que los Estados Unidos y la OTAN comenzaron sus bombardeos contra Libia ascendieron apenas a 350.

Esta falta de sinceridad y de ética constante hacen que se le pueda catalogar dentro del stablishment estadounidense.  Por ejemplo, no tiene muy en cuenta aquello de no aliarse con sus enemigos declarados.  Pareciera como si lo que le interesase fuese sólo lo que rige la política internacional de USA:  fomentar los negocios de la guerra:

El artículo establece que Clinton “presionó por un programa secreto que suministrara armas a las milicias rebeldes”, compuestas en gran parte de grupos islamistas, algunos con vínculos directos con Al Qaeda.

Su negativa como Secretaria de Estado a explorar las soluciones negociadas, en las que se diluye el papel militar preponderante de EE.UU. son la tónica:

Al comienzo de esta campaña de bombardeos, relata el artículo, funcionarios libios, funcionarios de las Naciones Unidas, otros gobiernos africanos y la Unión Africana realizaron numerosas tentativas para negociar un alto el fuego y lograr un arreglo político, todas las cuales fueron rechazadas por Washington. A Charles Kubic, un almirante retirado que recibió una propuesta de un alto oficial del ejército libio para un cese al fuego de 72 horas, el comando militar de Estados Unidos le ordenó cortar inmediatamente la discusión en base a órdenes que habían llegado desde “fuera del Pentágono”.

¿Habrá que alegrarse si, finalmente, la Clinton gana la nominación del partido Demócrata?  ¿Habrá que alegrarse si al final gana la carrera electoral a Trump?

Lo vemos difícil por los argumentos que hemos dado más arriba.  Negros tiempos se acercan para la paz en el mundo.

En la foto que encabeza el artículo se lee «Luchando por nosotros».  Sólo hace falta especificar quiénes son los nosotros a los que se refieren.  Posiblemente, los militares, los fabricantes de armas, las multinacionales que esquilman al Tercer Mundo, los estadounidenses ricos.

Pero nosotros, los de aquí y muchos otros países seguiremos siendo intervenidos por sus guerras y bases militares.

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Condena a las violaciones como arma de guerra

Imagen de Erik Torner

Fuente:  Diagonal

Cualquier violación es condenable.  Por ello nos alegramos de la sentencia de Guatemala que condena a 360 años a dos militares por usar las violaciones como arma de guerra.

El caso se dio contra mujeres indígenas a las que sometieron a violaciones continuadas, esclavitud sexual y doméstica.

la fecha del 26 de febrero marcará un paradigma en los procesos de justicia y reparación para las mujeres, en América Latina y el mundo, ya que por primera vez se ha condenado la violencia sexual ante tribunales nacionales. Por primera vez, las voces de mujeres mayas se han escuchado en las instituciones de justicia con ecos a nivel internacional. Estas once mujeres  q’eqchi’ han relatado las atrocidades de los agentes del estado y los trazos del genocidio para que los crímenes sexuales no se vuelvan a repetir.

La guerra no perdona a nadie.  Y parece que las sociedades tardan en darse cuenta de lo que en realidad suponen.  Se tardan años en considerar delitos las cuestiones violentas que se hacen en el entorno de las guerras, parece que la violencia hecha en grupo y de uniforme no lo es, o lo es menos.

Esta condena además sienta un precedente en el que se reconoce que el trabajo doméstico forzado, la violación y la esclavitud sexual constituyen crímenes de guerra que deben ser condenados.

La violación sexual se reconoció como un arma de guerra que afectó tanto a las mujeres q’eqchi’ como a los varones, ya que fue una agresión al grupo del “bando contrario” y tuvo como fin su eliminación. El trabajo forzado, la esclavitud y la violación sexual de las mujeres fueron diseñados como tácticas y estrategias para el control de los territorios e implicaron gastos para el ejército (armas, agentes para utilizarlas, etc.).

Aunque el trabajo doméstico forzado, la violación y la esclavitud sexual no asesinó directamente a las mujeres o al grupo que se considera “insurgente”, sí lo eliminó a través de una política eugenésica en la que se mezcló el racismo de la élite y la oligarquía militar con la misoginia y la asociación simbólica del cuerpo de las mujeres con la posesión de los territorios. Por eso, esta sentencia es un paradigma para la justicia en América Latina porque sienta precedentes y señala horizontes para otras mujeres que han vivido situaciones similares.

La violencia contra las mujeres en las guerras se multiplica y se vuelve norma.  Parece que cuando acaban los conflictos la sociedad mira para otro lado.  Quizá porque existen demasiados implicados.  Quizá porque culturalmente no se considera grave.  ¿Cuántos casos de impunidad militar habrá en el mundo cada día?

La guerra es violencia sinérgica, violencia que multiplica sus factores directos, estructurales y culturales.  La prueba la dan las declaraciones de las mujeres que han ido a juicio contra los militares:

Julia Coc, testigo once, declaró que su hija y dos nietas fueron detenidas extrajudicialmente y asesinadas por los soldados en 1982. Dijo que le hicieron mucho daño al cuerpo de su hija cuando la violaron. En la exhumación encontraron pelo, ropa y huesos de sus hijas y “de mis nietas solo hallaron los calzoncitos, sus huesos eran polvo”. Después de matar a su hija a ella la obligan a que le dieran comida a lo soldados.

Otra sobreviviente contó cómo a su esposo lo detuvieron, cómo ella fue violada por cuatro soldados y cómo sus hijos murieron porque no tenían comida.

Sobreviviente narró que llegó al destacamento a preguntar por su esposo, los soldados la detuvieron por la fuerza y la violaron varias veces”.

“Nos obligaban a hacerles la comida y nos violaban. Por eso es muy doloroso”.

“Nos mandaban al río a lavarles su ropa y nos perseguían. Ahí nos violaban”.

“No me acuerdo cuántos me violaron porque quedé desmayada. Quedé muy dañada de mi cuerpo, sangraba mucho”.

“Ahí tenían lugares. Tenían cuartos y ahí nos jalaban. A veces eran 3, 4 o 5 (los soldados que la violaban en el destacamento)”.

“Si no me dejaba me decían que me iban a matar. A veces uno me sujetaba y otro me ponía un arma en el pecho”

Entrenamos cada año a millones de personas, hombres y mujeres, para la guerra.  Y lo hacemos en academias militares en las que no se habla de estas realidades.  Los ejércitos nos venden lo militar como un juego tecnológico, como una batalla de mentes en un inmenso tablero de ajedrez, como algo aséptico y limpio, algo bueno para todos.

Sin embargo las anteriores declaraciones de las mujeres violadas nos dan una perspectiva muy diferente y, a la vez, mucho más real.

El militarismo es violencia, hasta que no abandonemos nuestro cinismo habitual, no seremos capaces de entender la necesidad de darle alternativas noviolentas.

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