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Política de defensa de Gran Bretaña

Imagen de Miguel Discart

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Continuamos la serie que prometíamos en el artículo «Política de defensa de Alemania«, siguiendo el estudio «Análisis comparativode la capacidades militares españolas con las de los países de su entorno» realizado por Ignacio Fuente Cobo para el IEEE del Ministerio de Defensa.

Hoy nos ocupamos de las líneas generales de la política de defensa de Gran Bretaña.

Las grandes líneas de la política de defensa de G.B. se rigen por

  • la Estrategia de Seguridad Nacional (NSS), que analiza el entorno de seguridad y establece los objetivos estratégicos.  La última es de noviembre de 2015.  Y se revisa cada 5 años.
  • la denominada Revisión Estratégica de Seguridad y Defensa (SDSR) que establece las formas de lograr esos objetivos y los medios necesarios para conseguirlo, es decir, los recursos que van a emplear.  La última es de noviembre de 2015.  Y se revisa cada 5 años.
  • un informe anual a la comisión parlamentaria de defensa sobre la implementación de la NSS
  • y un registro nacional de riesgos de carácter abierto y revisable cada dos años

Esta organización nos parece mucho más transparente y participativa que la DDN española que es realizada y aprobada por el gobierno y que tras ello y, sólo con carácter informativo, es puesta en conocimiento del Congreso.

También nos parece muy oportuno dividir el debate en dos:  por un lado definir los enemigos, riesgos y objetivos de la defensa;  y en otro debate posterior plantearse cómo realizar esos objetivos.  Así, se pueden analizar por separado para mejorarlas y se pueden pedir responsabilidades o fijar los errores más concretos.

El principal problema de la SDSR de 2010 era que mantenía la misma premisa de la anterior, al afirmar que con el fin de la Guerra Fría la probabilidad de que se produjese un conflicto interestatal era muy baja, por lo que habría dejado de ser prioritario dotarse de las capacidades necesarias para hacer frente a un Estado militarmente avanzado, un escenario básicamente improbable.

La premisa subyacente en esta revisión de 2010 que, sin embargo, no fue formulada explícitamente, era que Reino Unido confiaba en que las crisis de seguridad y humanitarias fueran lo suficientemente infrecuentes y limitadas como para que las Fuerzas Armadas británicas estuvieran en condiciones de evitarlas o, en su caso, hacerlas frente con pocos medios. De hecho, los británicos nunca comprometieron más del 10% de sus efectivos en las operaciones más exigentes de Irak y Afganistán (diez mil soldados de un total de cien mil).

Un esfuerzo que, aunque pudiera parecer muy elevado para otros países, resultaba escaso para lo que estaba acostumbrado a comprometer hasta entonces Reino Unido. La denominada Fuerza Futura 2020 que contemplaba la revisión, establecía que Reino Unido solo debía hacer frente a un único problema importante de seguridad —Major Operation— en cada momento.

La SDSR 2010 no fue capaz de anticipar una serie de crisis y acontecimientos que iban a conformar el panorama estratégico de nuestros días. Los más evidentes fueron la participación de Reino Unido en las acciones en Libia en 2011, la inestabilidad en Ucrania en 2014.   la aparición de una nueva forma de islamismo extremista en Siria e Irak, o la epidemia del virus del ébola en África occidental.

De esta manera, se establecía un nivel de ambición consistente en desplegar un máximo de 6.600 soldados durante una década en una sola operación de estabilización y en un solo país, complementada con esfuerzos temporales menores que en ningún caso superarían los 3.000 soldados.

Así se redujo progresivamente el coste de las operaciones de proyección de fuerza un 19% en 2015 en comparación con los niveles de 2010.

Sin embargo, Reino Unido sobrepasó en 2010 su nivel de ambición respecto a su capacidad de conducir operaciones marcado para ese año —el denominado Defence Planning Assumptions— lo que supuso un esfuerzo extraordinario para las Fuerzas Armadas británicas, dando lugar a disfunciones que aún persisten

La postura gubernamental de llevar al límite esta política intervencionista ha supuesto graves problemas en el Ejército de Tierra, el más sobrecargado en las intervenciones:

La realidad fue, por tanto, que esos diez mil militares que estuvieron en operaciones durante esos años no supuso un esfuerzo repartido proporcionalmente entre el conjunto de las Fuerzas Armadas, sino que, muy mayoritariamente, recayó en el ejército de Tierra y en particular de las Unidades de Infantería, con lo que el nivel de exigencia operativa sobre esta parte relativamente reducida de la estructura de fuerzas británica resultó absolutamente desproporcionado. Por otro lado, este esfuerzo comenzó en 2003 en Irak y tuvo que mantenerse casi hasta 2014, unos diez años, sumando los años en Irak y en Afganistán, lo que ocasionó que casi se llegara a alcanzar el punto de ruptura de sus unidades, con problemas de retención, reclutamiento y generación de contingentes. Esta concentración del esfuerzo operativo sobre una porción limitada de unidades hizo que sus efectos dañinos todavía estén en proceso de recuperación.

G.B. eligió una opción generalista en la que asumía su papel como gran potencia intervencionista:

Reino Unido renunciaba a la especialización en determinadas capacidades, o en determinadas especialidades operativas, que debían ser reforzadas en caso de resultar insuficientes por las aportadas por los aliados. Por el contrario, intentaría mantener todas las capacidades propias de una potencia militar avanzada, incluyendo aquellas que estimaba habían quedado anticuadas como los carros de combate, aviones de combate de última generación, submarinos, armas nucleares, o portaviones, si bien en cantidades más modestas.

Finalmente, en una declaración que parecía más voluntarista que realista, asumía que más que centrarse en una región particular del mundo (por ejemplo, Europa y el Oriente Medio) su compromiso era global, abarcando desde el Pacífico hasta el África subsahariana.

Lo más significativo en cuanto a la reevaluación de sus planteamientos estratégicos por parte de Reino Unido realizada en la SDSR 2015 no eran estos acontecimientos en sí mismos, sino las tendencias que representaban. En primer lugar, la premisa de que tras las campañas de Irak y Afganistán debería seguir un período de «pausa estratégica», durante las cuales pudiera desarrollarse e implementarse la Fuerza Futura 2020, resultaba errónea desde el momento en que Reino Unido se vio inmerso en acciones militares en Libia, África occidental y Oriente Medio. En segundo lugar, tampoco era cierta la premisa de que Europa era inmune a la violencia estatal transfronteriza, por el contrario Estados poderosos en la región como Rusia no habían renunciado a emplear la fuerza como herramienta fundamental de su política internacional. Finalmente, estaba la relevancia de la aparición del Estado islámico en Irak y Siria que, con su brutal combinación de terrorismo e insurgencia, tenía como objetivo la posesión territorial, no tanto para crear una estructura estatal, capaz de ser reconocida por el ordenamiento jurídico internacional, como para establecer un califato islámico que desafiase al modelo westfaliano de orden internacional existente

¡Cuánto nos recuerda a nuestra DDN española!  Y eso que nuestro potencial económico y político no llega, ni de lejos, a los británicos.

Restricciones presupuestarias.

El análisis siguiente debería ser muy educativo para las elites militaristas españolas.  La producción y compra de armamento no es el objetivo principal de una nación al que todo debe plegarse.  Hay problemas más importantes y acuciantes que hacen que el esfuerzo militar pase a un segundo plano y sea contingente:

Ahora bien, el principal problema de la SDSR de 2010 no estaba tanto en la evaluación del entorno de seguridad —ciertamente limitada— sino, sobre todo, en que emergía en el contexto singular de una profunda crisis económica y financiera, lo que se tradujo en recortes sustanciales de los gastos públicos, incluidos los de defensa. Los compromisos de defensa heredados de épocas anteriores fueron considerados inabordables tanto a la hora de abordar la reducción del déficit público como a la hora de financiar los programas de equipamientos correspondientes. La consecuencia fue una sustancial reducción en los presupuestos de defensa que alcanzó el 8% en términos reales en el año 2015, traduciéndose esta rebaja en cambios importantes en la configuración y en el equipamiento de las Fuerzas Armadas. Los principales recortes en capacidades críticas, como la de la aviación embarcada con la retirada de los aviones Harrier y del portaviones HMS Ark Royal (un nombre mítico que había estado en servicio en la Armada británica desde los tiempos de la «Invencible»), así como el retraso en la construcción de dos nuevos portaviones debido, entre otras cosas, a la dificultad de acomodar en ellos el nuevo avión de combate F-35, reflejaban la dificultad de Reino Unido de lograr unas capacidades militares acordes al nivel de ambición global expresado en su revisión de la defensa. La eliminación de programas considerados hasta entonces prioritarios como el de patrulla marítima con la supresión del programa Nimrod MRA4, o la reducción de la flota de superficie de veintitrés a diecinueve fragatas y destructores, no hacían sino abundar en estas dificultades. En general, todas las capacidades fundamentales sufrieron recortes muy importantes, cuyo promedio alcanzó el 30%

Pero quizás la reducción más crítica fue en el personal en servicio activo, al prever el recorte en 17.000 efectivos del número de soldados y marineros (10.000 en el Ejército de Tierra y 5.000 en cada uno de los otros dos ejércitos). De esta manera, las Fuerzas Armadas británicas quedaban dimensionadas a unas cifras que no se conocían desde mediados del siglo XIX. La disminución de personal militar en activo debía compensarse con reservistas, cuyo número se preveía alcanzase un total de treinta y cinco mil en el año 2018, aunque existían serias dudas sobre la efectividad.

Es decir, países de nuestro entorno, países a los que las elites militaristas quieren parecerse, son conscientes de que la crisis económica imponía la reducción de gastos y de armamentos.  Nosotros no.  Los hemos considerado sagrados y hemos conseguido, con ello, multiplicar la deuda pública.

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Crecen las críticas.

Cristalizaron fundamentalmente alrededor de dos temas:

– Que la SDSR había sido dictada por las consideraciones presupuestarias más que por un verdadero análisis estratégico de los recursos necesarios para las Fuerzas Armadas a la vista del entorno de seguridad.

– Que la reducción de personal y los recortes en los equipos ponían en riesgo la capacidad de las Fuerzas Armadas británicas para llevar a cabo todas las misiones que se les encomendaban, especialmente las más exigentes.

La decisión de reducir el enorme déficit presupuestario provocó una disminución considerable en la capacidad militar de Reino Unido, a medida que se iban reduciendo las capacidades convencionales de combate de sus Fuerzas Armadas y los niveles de preparación de sus tropas. En un entorno estratégico que se iba complicando con la aparición de problemas como la anexión de Crimea por Rusia, o los efectos perversos de las «Primaveras árabes», Reino Unido disminuyó el perfil de su política exterior y de seguridad, lo que parecía indicar que se estaba produciendo un cierto agotamiento estratégico. La reducción sustancial de sus Fuerzas Armadas puso en duda la capacidad de Reino Unido de ofrecer en cualquier operación militar futura el mismo nivel de compromiso sostenido en el tiempo que fue capaz de soportar durante las guerras de Irak y Afganistán.

La autocrítica en G.B. a su política de defensa les impide cometer errores que aquí, en España, se nos acumulan (S-80, intervencionismo por todo el globo, ejércitos sobredimensionados en cuanto a personal, gasto militar desaforado, …):

el Comité de Defensa de la Cámara de los Comunes publicara en marzo de 2015 tres informes demoledores en los que se criticaba duramente la forma en que se planeaban las operaciones militares y se ejecutaban las decisiones de compras de armamentos y equipos. Ejemplo de la seriedad con que se tratan los temas de defensa en este país, en uno de los informes al referirse al segundo de los portaviones previstos para la Armada (el Príncipe de Gales), se afirmaba sin contemplaciones que «tenía poco sentido el adquirirlo» a menos que se encontrase el suficiente dinero para comprar los aviones con que debía dotarse y los buques de protección que debían acompañarle

La nueva Revisión Estratégica de la Defensa.

Lo acertado de los análisis críticos anteriores nos hacían pensar que la política de defensa de G.B. tomaría derroteros mucho más pacíficos y comedidos que los que implantó la nueva Revisión Estratégica de la Defensa publicada en noviembre de 2015:

La nueva revisión asume una aproximación más completa al tema de la seguridad, de manera que incluye no solo la política de defensa y las capacidades de las Fuerzas Armadas, sino que abarca una visión de la seguridad ampliada, en la que se contemplen asuntos tales como la defensa interior, el contraterrorismo, la ciberseguridad, la seguridad de las fronteras o la evolución de la seguridad internacional.

Se trata, por tanto, de una visión reforzada de la seguridad en la que se contempla rehacer las Fuerzas Armadas para el nuevo período postafganistán, de manera que sean capaces de apoyar las operaciones de estabilidad hasta en 12 teatros simultáneamente, en los que haya que hacer frente tanto a amenazas no convencionales como convencionales. En todo caso, y en un ejercicio de pragmatismo, Reino Unido reconoce que dado que ningún país es capaz de afrontar estas amenazas en solitario, su primera misión es actuar en el seno de grandes coaliciones o alianzas, principalmente con los Estados Unidos y, subsidiariamente, con la OTAN.

La locura.  Parece ser que los británicos, conscientes de que no pueden mantener una única intervención militar en el exterior durante 10 años, optan por mantener 12 teatros  exteriores simultáneos, junto con el de la defensa ante la amenaza «interior».

Ahora Reino Unido parece dispuesto a emplear su liderazgo militar en el seno de la OTAN, para asegurar que la Alianza cuenta con toda la gama de fuerzas convencionales necesaria para defender Europa contra una amenaza clásica como pudiera ser la rusa. En este sentido, Reino Unido pretende reconstruir sus capacidades convencionales seriamente erosionadas desde el fin de la Guerra Fría y volver a ponerlas «a punto» para las nuevas contingencias.

Al mismo tiempo, la nueva SDSR busca desarrollar capacidades que respondan a las amenazas asimétricas y aquellas definidas como de la «próxima-generación», o «ambiguas», como puedan ser los ciberataques, la operaciones de información y el empleo de fuerzas especiales para fomentar la subversión. En definitiva, responder a lo que entiende como la nueva amenaza rusa en entornos operativos híbridos, de manera que se pueda evitar la repetición de lo ocurrido en el caso de Ucrania. Igualmente, Reino Unido pretende desarrollar la capacidad de respuesta frente a una amplia serie de desafíos y riesgos que pueden surgir fuera de Europa, como puedan ser el terrorismo, los regímenes criminales, los grupos extremistas que controlan territorios extensos (i.e. el Dáesh/IS), las guerras civiles y los Estados colapsados o frágiles

Este número tan elevado de riesgos y amenazas potenciales que pueden presentarse simultáneamente hace que las operaciones de estabilización intensivas en recursos humanos y materiales, tipo Irak o Afganistán, tiendan a ser desechadas como modelos de intervención futuras. Ahora se recuperan los casos de Bosnia o Sierra Leona como modelos de éxito a repetir en el futuro, mientras se contempla la necesidad de desarrollar una nueva estructura de fuerzas y capacidades adecuada a los requerimientos exigibles en situaciones más complicadas como serían los casos de Libia, Siria o Ucrania.

La política de defensa está íntimamente relacionada con su entorno con las otras políticas estatales.  En España optamos por priorizar y salvaguardar la política de defensa, su despilfarro en armas que en nada de tiempo se quedan obsoletas, :

Ahora bien, el problema de los presupuestos de defensa en Reino Unido es que, al igual que pasa en la mayoría de países europeos, los gastos del Estado en temas como educación, salud o pensiones están «blindados» ante cualquier tipo de reducción y consumen la mayor parte del mismo, por lo que, en escenarios económicos deprimidos, el presupuesto de defensa resulta especialmente vulnerable

¿Será G.B. capaz de mantener estos desmedidos esfuerzos en defensa mientras se sigue recortando el apoyo social a su propia población?  Parece difícil considerar que sí, sobre todo si tenemos en cuenta que:

La SDSR 2010 dejaba fuera el sistema de misiles balísticos Trident considerado el arma estratégica última de Reino Unido, a pesar de que supone el 25% del presupuesto militar en adquisiciones durante al menos la próxima década. Esto, unido a las cantidades significativas necesarias para dotarse de los dos portaviones previstos, parece indicar que, inevitablemente, se producirán recortes en otros capítulos, lo que pone en serias dudas la capacidad de Reino Unido para afrontar satisfactoriamente los riesgos y amenazas que proclama en su próxima SDSR.

Estos compromisos incluyan un incremento del presupuesto de gastos de adquisición de nuevos equipos en un 1% en términos reales cada año a partir de 2016, lo que permitiría adquirir nuevos submarinos de la clase Astute, cierta cantidad de aviones F-35 de última generación, nuevas fragatas Type-26 y vehículos acorazados Scout.

El problema es que el mantenimiento de estas promesas en cuanto a adquisiciones exige mantener «congelados» los sueldos militares, una situación que viene prolongándose desde 2010 como parte de la consolidación fiscal del sector público acometido por el Gobierno británico en esa fecha.

Estas circunstancias pueden llevarnos a pensar que, muy probablemente, un porcentaje del 2% no sea suficiente para cubrir todas las necesidades de la defensa, incluyendo la reestructuración de la Fuerza Futura 2020, lo que obligará al Reino Unido a tomar decisiones difíciles en lo que se refiere al empleo de unos recursos limitados.

 

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Generar deuda militar es una técnica imperialista

Imagen de lamalatesta.net

Estamos leyendo el libro «El mito de la guerra buena.  EE.UU. en la Segunda Guerra Mundial» de Jacques R. Pauwels, de la editorial Hiru.

En él, Pauwels nos ha enseñado muchas cosas sobre las relaciones de la economía con la 2ª Guerra Mundial.

Una de ellas es que los yankis habían aprendido a no dar armas a crédito en la Primera Guerra Mundial.  Lo habían hecho con británicos y franceses, y cuando ambos estuvieron bajo la amenaza de perder la guerra, los EEUU se vieron obligados a intervenir militarmente para evitar el colapso de sus clientes y deudores.

Al principio de la 2ª G.M. los yankis insistieron en el pago al contado, pero cuando Gran Bretaña comenzó a sufrir la falta de efectivo, los yankis no pudieron ignorar que los británicos habían absorbido el 40 % de sus exportaciones en unos momentos en los que se intentaba salir de la gran depresión a base de promover el comercio exterior.

Roosevelt convenció al Congreso para aplicar formas de pagos más benévolas a Gran Bretaña.  El sistema se llamó «préstamo-alquiler» (Lend-Lease).  Se introdujo en 1941 y dotaba a Londres de un crédito ilimitado para comprar armas y municiones.  Con él valor de las exportaciones yankis aumentó:

  • 1939:  505 millones de dólares
  • 1940:  1.000 millones de dólares
  • 1941:  1.600 millones de dólares
  • 1942:  2.500 millones de dólares
  • 1943:  4.500 millones de dólares
  • 1944:  más de 5.200 millones de dólares

No todos los pagos británicos fueron en dinero:  este préstamo-alquiler se asoció a la promesa británica, conocida como «La Confederación» por la que Londres se comprometía a desmantelar, acabada la guerra, su sistema proteccionista de tarifas de «Preferencia Imperial» que limitaba la exportaciones americanas a Gran Bretaña y colonias.  Con ello EE.UU. buscaba acabar con el problema principal de la Gran Depresión, el déficit de demanda de sus productos.

El sistema Lend-Lease consistía, en teoría, en que el Estado cebaba la economía por medio de los grandes pedidos y financiaba el esquema prestando el capital necesario.  Con ello, la deuda interna crecía considerablemente.  Pero era de esperar que los altos beneficios generarían al Estado suficientes ingresos por impuestos, para permitir a Washington liquidar sus deudas.

Sin embargo, el esquema, realmente se reducía a esto:  el Estado usaba sus ingresos (basados en los impuestos que se cobraban a los contribuyentes) para pagar las pesadas facturas presentadas por las grandes corporaciones, que virtualmente monopolizaban los negocios Lend-Lease y la producción de guerra.  Estas facturas se pagaban por medio de los impuestos directos e indirectos, que durante la guerra eran sufragados más por los norteamericanos pobres y de clase media que por los de clase alta y las grandes corporaciones del país.  Los enormes beneficios fueron para las compañías y los impuestos para el pueblo americano.

Gran Bretaña se benefició de los contratos «préstamo-alquiler» porque pudo continuar la guerra contra Hitler después de la caída de Francia.  Pero, a largo plazo, Gran Bretaña pagó el precio de ver como EE.UU. se hacía, años más tarde, con los negocios en gran parte del imperio británico.

Toda esta situación histórica habría de enseñarnos lecciones pertinentes hoy en día para no cometer los errores del pasado:

  • Por un lado, no deberíamos comprar armamento a países como EE.UU.  Además de por las cuestiones éticas que la lógica nos impone, también por cuestiones económicas y de deseos de independencia económica.
  • Por otro lado, no deberíamos vender armamento a países del Tercer Mundo, para no hacer con ellos ese imperialismo económico que tanto criticamos cuando lo hacen con nosotros.

Sin embargo, los sucesivos gobiernos del PP  y del PSOE no han hecho otra cosa que promover la industria militar y el comercio de armas.  Con ello han demostrado ser factores de una política inmoral y antiética, y, además, causantes de nuestro dependencia de la superpotencia y generadores de violencia estructural en el Tercer Mundo.

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