Fuga de científicos armamentistas a China

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Omar Bárcena

Fuente. RT

Aunque la fuente tiene una versión interesada parece que la noticia es fiable.

Como es sabido, los programas de armas más sofisticados de EE.UU. cuentan con científicos de todos los países del globo, dado que el mercado interno de científicos brillantes y sin conciencia no debe ser suficiente para autoabastecerse y la oferta mundial debe ser cuantiosa: esta pléyade de científicos al servicio de la industria militar viene ayudando a desarrollar armas con las que EE.UU. impone su visión unilateral del orden mundial.

Pero tal vez los científicos desaprensivos tan pronto pueden estar en EE.UU. como en otro lugar.  Depende, probablemente, del precio con el que les compran.

Muchos de estos científicos que trabajan para la industria militar americana son asiáticos, y un gran número de los asiáticos de origen chino.

Como ejemplo de centros de investigación para lo militar, el Instituto Tecnológico de Massachisetts (siglas MIT), uno de los más prestigiosos en investigación aplicada a la industria militar. De allí se fugó Qian Xuesen, chino él, para irse a dirigir el programa de cohetes espaciales y militares de la República Popular China, todo un éxito en su gama.

Otro ejemplo de centro prestigioso, el laboratorio de Los Álamos (LANL, en sus siglas en inglés) que cuenta con una no menos merecida fama armamentista, pues desde el mismo se hacen experimentos de armamento termonuclear y de otro tipo de armas sofisticadas y terroríficas, incluyendo el uso de su acelerador de partículas, uno de los pocos que existen. Este centro, con más de 10.000 personas trabajando a pleno rendimiento, cuenta con un 4% de sus científicos de origen chino, todo un yacimiento.

Al parecer uno de sus científicos más prestigiosos, el taiwanes Wen Ho Lee fue acusado en su tiempo de robar secretos y pasárselos a los militares chinos, pero trás más de siete años de investigación no consiguieron probar nada y le dejaron en paz (en paz pero muy cabreado, de modo que se fue también). 

La comunidad investiadora china se sintió al parecer maltratada y, a partir de ahí, gracias a los incentivos de China, están repatriándose y llevándose consigo gran parte de su experiencia, que ahora usan los chinos para su propia industria de muerte.

Es el caso del actual profesor Chen Shiy de la Universidad de Pekin, que abandonó Los Alamos para hacerse cargo del Laboratorio Estatal de Turbulencias de Pekin, donde ha tenido un papel clave en el desarrollo de vehículos hipersónicos y en el desarrollo de un misil de crucero que alcanza los 11.000 km/h, tres veces la velocidad del sonido. 
Desde 2015, el tal Chen se ha mudado a otro medio,  para dirigir la Universidad del Sur de Ciencia y Tecnología (SUSTech), con la ambiciosa misión de convertir este joven centro académico de Shenzhen en el ‘Stanford chino’.

Desde entonces, Chen ha iniciado una política de contratar repatriados chinos de su antiguo trabajo en Los Alamos, como el caso de  Zhao Yu-Sheng, exlíder del equipo de investigaciones del Centro de Neutrones del LANL, o Wang Xianglin, que dejó el LANL en septiembre del año pasado para convertirse en catedrático del Departamento de Química del SUSTech y llevar allí sus investigaciones sobre  materiales para aplicaciones de seguridad como dispositivos de almacenamiento de energía y biosensores. También se ha marchado He Guowei, investigador del Instituto de Mecánica del LANL y especialista en turbulencias, que ahora se ha especializado en desarrollar submarinos silenciosos.

El caso de los chinos es preocupante, porque China es una potencia militar en auge y posee una tecnología de muerte de última generación.

Pero sobre todo el caso es un ejemplo que nos sirve muy bien para comprobar la peligrosidad propia de la ciencia aplicada al militarismo.

Primero por sus propias características y el peligro de que estas armas lleguen a usarse en algún momento.

Segundo porque los científicos no están exentos de caer en cualquiera de los cantos de sirenas que los desaprensivos mercaderes de la muerte les pueden ofrecer. No son mejores (tampoco parece que mucho peores) que el resto de los mortales. Cuando uno de ellos cae en la red, tal vez su destino sea  a partir de entonces, vivir en la zozobra del peligro de su conocimiento (un conocimiento por el que alguien puede hacer cualquier cosa) o de venderse al mejor postor en un juego mafioso donde no hay escrúpulos y todo se compra  se vende.

Y tercero, porque sabemos que hay estados y grupos sociales dispuestos a pisar a fondo para poseer ese conocimiento de muerte y aprovecharse de él. Que sea China ahora, o mañana cualquier otro estado que pueda permitírselo es lo de menos. Lo grave es que desarrolla una carrera de incalculables consecuencias.

Por contra, no parece que existan normas y reglas para impedir que la ciencia tenga sobre todo esta aplicación militar que es, de largo, una de las más letales y despiadadas amenazas con la que unos pocos desaprensivos someten al planeta.

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