¿Engrandece a EE.UU. expandir su poder militar naval?

Donald+Trump

Seth Anderson

Fuente: El Confidencial 

Parece que el nuevo Presidente de Estados Unidos, Donald, prometió en su campaña electoral aumentar el poder naval estadounidense desde los 274 buques de guerra actuales a una flota de al menos 350 buques a conseguir en 2020, para hacer que EE.UU., de nuevo, sea un país poderoso, «Make America Great Again» que dice el lema de su campaña.

La flota de EE.UU. cuenta con:

  • 10 portaaviones nucleares (por ley deberían tener 11, pero hay retraso en la entrega del último de ellos),
  • 9 buques de asalto anfibios (LHA) de las clases Wasp y America (más otros 2 en construcción),
  • 22 cruceros de misiles guiados clase Ticonderoga;
  • unos 70 destructores, fragatas y LCSs  y
  • más de 50 submarinos nucleares de ataque SSN .
  • Además están los submarinos nucleares de misiles balísticos de la clase Ohio, de los que hay en total 18, aunque 4 han sido reconvertidos en lanzadores de misiles de crucero.
  • A ello se unen 24 batallones de infantería,
  • el equivalente a 3 divisiones con su propia artillería, aviación de ala fija y rotatoria y sistemas de apoyo y desembarco, junto con una flota de buques de desembarco especializados, y centenares de barcos auxiliares como remolcadores, petroleros, buques de avituallamiento, etc.

Osea, que nos encontramos con el arsenal naval más importante del planeta. Casi cabría preguntarse, antes de alarmarse de la perorata de Trump, si hay mar para tanto despliegue.

Llevar adelante los planes bélicos de Donald, según los expertos, puede suponer un incremento del gasto militar americano de más de 100.000 millones de dólares anuales, a sumar a los más de 600.000 millones que ya gasta el ejército americano.

No parece que EE.UU. necesite tal expansión del poder militar naval.

Dudamos que aumentar el potencial militar de un estado conlleve tan a la ligera como predica este telepredicador metido a presidente de potencia un engrandecimiento de su pueblo. Más bien se nos antoja que lo empequeñece y muestra sus tremendas debilidades.

En todo caso, son cifras astronómicas que contrastan con datos que evidencian la miseria moral de la mayor potencia militar del mundo, como por ejemplo, que más de 45 millones de estadounidenses vivan en pobreza (14,5% de su población), de los que 15 millones de menores de 18 años viven en hogares donde no hay comida para sobrevivir. O que la tasa de analfabetismo estadounidense se sitúe por encima de cincuenta millones de personas, mientras que el 45% de estadounidenses adultos están en el nivel mínimo de comprensión lectora. O que la tasa de suicidios se haya disparado en su sociedad un 24% en los últimos 15 años, sin entrar a valorar los problemas relacionados con la desigualdad social, la ínfima asistencia social y sanitaria a los más desfavorecidos u otros aspectos de la vida.

Se nos antoja un insulto a los estadounidenses la inversión militar que existe o la que pretende impulsar su presidente, pero, sobre todo, nos parece que son estas políticas nefastas, de las que el nuevo Presidente americano no es sino un fiel seguidor, las que persisten en el error y construyen la decadencia, no la grandeza, de aquel país.

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