El arresto de una piscina

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Por Joslud1

Fuente: Público

Nos informa uno de los blogs de Público de una costumbre militar que hunde sus raíces, esto lo decimos nosotros, en ancestrales concepciones penales que han pasado sin revisión crítica alguna en el ejército, esa institución tan remisa al cambio.

Y es que los militares, seguramente que imbuidos aún en el espíritu animista de otras épocas, siguen siendo capaces, sin que se les mueva una pestaña de sonrojo, de arrestar a un ladrillo y pintarlo del infamante amarillo de los relapsos de la inquisición, si todo un rey se tropieza con él; o de una piscina, a la que precintan y dejan «seca» si muere ahogado alguien en ella, como pasaba en la Edad Media, cuando se quemaba una viga en castigo y para que aprendieran las demás, si se caía sobre un trabajador o un marino.

Hay miles de historias, de antes y de ahora, por el estilo que relatan absurdos castigos a las cosas o a las personas cosificadas en el ejército, aunque en realidad ninguna norma jurídica recoja, ni pueda recoger que se sepa, semejante cuadro de sanciones animistas.

Los objetos, queridos militares, no tienen alma:  no pueden tampoco gafarnos, ni aprender de sus errores. Ni siquiera (y esto ocurre también en cierta categoría de personas y de profesiones) piensan ni pueden conmoverse. Su castigo no tiene sentido, en cierto modo como casi todo lo que tiene que ver con el atavismo propio de los ejércitos, que deberían, igualmente, empezar a integrar los anaqueles de los museos y los libros de mitos y leyendas.

Pero, ya que estamos, pasemos a un segundo plano de este pensamiento mágico que impregna el militarismo y el ejército. Daría la sensación de que la misma cadena de razonamientos que le llevan a un militar a arrestar a una silla, le llevan también a consagrarse la obediencia ciega, a proclamar el amor a ese vacío de sentido que es la «patria», la «bandera» o el «honor», a creer a pies juntillas en el celo en la aplicación del régimen y la «cadena» de mando, o a aplicarse ciegamente en el ridículo de hacer de la violencia y de la guerra el intento de solución de los problemas de la humanidad.

El animismo, da la impresión, es parte de la concepción simplista y mágica con la que el militarismo concibe el mundo y pretende «someterlo a control».  En fin, la cultura militar…

¡Con todo lo que ha llovido…!

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