Israel también usa la educación de los palestinos como arma de guerra

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Por Sham Hardy

Fuente: Público

Israel, con un sistema de elecciones y otros mecanismos de democracia formal, se nos aparece como un claro ejemplo, quizás de los más claros, de que las aspiraciones de paz y de justicia universal de los pueblos poco o nada tienen que ver con las soflamas democráticas basadas en los sistemas de democracia formal y pregonadas por los políticos y sus medios de adoctrinamiento.

Si partimos de la pretendida excelencia de los ideales que están en la base de la justificación de las democracias conocidas, lo mínimo que podemos decir es que la democracia que conocemos da con una mano (como promesas vaporosas) lo que quita con la otra (como prácticas de exclusión y perpetuación de la violencia). De ahí el inconformismo y la creciente indignación de los pueblos ante las políticas que nos presentan como democráticas los de siempre o los que nos quieren echar un nuevo jarro de agua fría con propuestas de cambio de los collares de los perros que llevan ladrando siglos.

Y el caso de Israel se nos aparece, entonces, como un claro ejemplo de los límites de la democracia. Sobre todo cuando democráticamente (es decir, con la puesta en práctica de los intereses de las élites pero legitimadas por el cautivo voto de los «ciudadanos», que a eso se reduce la legitimidad democrática al parecer) se lucha, como es el caso israelí, por dejar en entredicho la sustancia de la democracia, lo cual ocurre, en el caso que comentamos, extendiendo a todas las esferas de la vida la guerra de tierra quemada impuesta por el democrático militarismo sionista contra el pueblo palestino.

Israel utiliza en su guerra sin cuartel todos los medios a su alcance y con el objetivo final, como mínimo, de la sumisión absoluta de los palestinos a sus intereses propios.  En alguna de las entradas de este blog hemos explicado cómo distribuye el agua, el territorio o los demás recursos de forma que privilegie a los intereses israelíes y asegure el exterminio final de los palestinos.

Podríamos resumir, lo hace la noticia que comentamos, que hay cinco grandes estrategias de guerra por otros medios que usa Israel en su ilegítima guerra contra los palestinos:

 1) restricción de la construcción de viviendas, 2) draconianas medidas para los permisos de residencia que se da a los palestinos, 3) cierre de Jerusalén mediante el muro, 4) expropiación de terrenos y 5) colonización.

Pero, sobre todo, ahora podemos decir que Israel también extiende su estrategia de guerra a las escuelas, convirtiendo la educación en otra trinchera de su guerra sin cuartel.

En el sector ocupado de Jerusalén existe una desproporcionada carencia de aulas. Según la ONG israelí Ir Amim, faltan 2.247 aulas, 750 más de las que faltaban en 2007, lo que es una pequeña muestra de la presión que existe en la zona ocupada y de la actitud del gobierno de Benjamín Netanyahu que prefiere tener a millares de niños sin escolarizar a construir escuelas que no sigan el currículo de estudios israelí.

Y no sólo se trata de la discriminación en el acceso, sino, sobre todo, en el adoctrinamiento militarista que la política de guerra israelí y sus democráticas decisiones impone a los Palestinos con vistas a su eliminación cultural.

El propio ministro de educación Israelí, un tipo sin pelos en la lengua lo deja claro

Mi política es clara: quiero impulsar el proceso de israelización”

Señala al respecto el ex presidente del Comité de Padres de Alumnos palestinos

“Estamos ante algo que no es un programa educacional sino un programa político que la mayoría de los palestinos rechazan”

¿Cómo podemos llamar a esto? No se nos ocurre ni una sola buena razón para definirlo y sí muchas para censurarlo.

Pueden nuestros políticos occidentales cacarear hasta la extenuación que Israel es una democracia (ya hemos visto de cuáles) y que es un aliado. Se pongan como se pongan, si Israel es una democracia y sus decisiones deben gozar de una legitimidad ética o política, todo ello dice muy poco de la idea de democracia, incluida la de los países que apoyan esta práctica «democrática» de Israel, lo que nos lleva a la idea de que debemos indignarnos ante la democracia con la que las élites nos atizan.

Existe, en tal caso, un vergonzante cortocircuito en la propia democracia y no se nos ocurren muy buenas razones para aprobar la democracia «real» ni de Israel ni de quienes le homologan.

Afortunadamente, en Israel a la par que crece y abunda la mala hierva del militarismo, también crecen las espigas de la resistencia a la guerra y la reivindicación de la paz y el hermanamiento de los pueblos, como demuestran los grupos de objetores que se niegan a participar en la política de guerra promovida por el Estado de Israel.

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