Esclavos para la guerra

Imagen de Nathan Gibbs

Fuente:  carrodecombate.com

La declaración de partida es escalofriante:

Los esclavos modernos no sólo tejen nuestras camisetas, componen nuestros equipos electrónicos, explotan minas o construyen puentes. Si la guerra es un negocio entonces también necesita de sus propios esclavos para maximizar los beneficios.

Así de claro y de contundente.  La esencia y la ética del capitalismo en su versión más pura.

El autor, Alain Vicky, documenta que decenas de miles de soldados africanos, ugandeses la mayoría, fueron contratados por empresas de seguridad yankis para servir en la guerra de Irak.

La oferta y la demanda, la ley del mercado, también manda en las reclutas de mercenarios:

Les prometí­an en principio salarios de 1.300 dólares al mes, muy por encima de aquello a lo que ellos podrí­an aspirar. Pero los llamados kyeyos (los trabajadores candidatos a la emigración) eran tantos que se desató una guerra de precios que hundió los salarios por debajo de los 700 dólares. Eso serí­a lo que cobrasen los soldados ugandeses, mientras la empresa norteamericana que abastecí­a al Ejército se embolsaba unos 1.700 dólares por cada uno, y la Askar ugandesa (compañía fundada por el gobierno ugandés que reclutaba soldados) se llevaba otro interesante monto.

(…) se vieron forzados a jornadas de trabajo que alcanzaban las quince horas diarias; su derecho a vacaciones no pagadas era interminablemente postergado; se les daba material militar no reglamentario, de segunda mano, con lo que quedaban más expuestos que sus colegas blancos a los peligros de la guerra; no se les daba atención médica más allá de una aspirina, y llegaron a despedirlos por acudir al médico por segunda vez.

¿De qué se extrañan, si te contratan para matar, para asesinar, qué esperas de tus contratadores, humanidad, empatía, derechos laborales?

Una historia horrible.  Horrible el mundo en el que ocurre.

Y horrible, también, que la paguemos millones de personas que somos inconscientes de los que ocurre, que somos buena gente, pero que no luchamos por desarmar nuestros impuestos, ni exigimos a nuestros gobiernos un mínimo de ética y de humanidad.

Pagamos sumisamente este horror.

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