Otro cuento: la necesidad de «crecer» de la industria militar española

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Jose Luis Cernadas Iglesias

Fuente: El País

Escribe María Fernández, en El País, un extenso artículo en el que viene a decirnos que la industria militar española necesita crecer para tener más peso mundial y asegurar su propio éxito.

Es esta la conclusión que, por otra parte, comparte la patronal del sector, TEDAE, y que parece que ha conseguido imprimir en el cerebro de la periodista, sin duda muy poco crítica con lo que representa este sector y con lo propios datos que maneja ella misma.

Aportamos nuestra opinión crítica para que lo que viene a continuación se pueda analizar, también, desde otro punto de vista:  la industria militar necesita crecer y tener más peso mundial para exportar más armamento porque la industria militar si no exporta empobrece al país que la sustenta.  Ninguna industria militar es ecológica ni económicamente sostenible.  Todas son un desperdicio de materiales y energía, un pozo sin fondo de inversión que no concede a los ciudadanos ningún beneficio social cuantificable, sino que, por el contrario, empobrece a las sociedades porque detrae recursos de los gastos sociales (educación, sanidad, vivienda, medioambiente, …).

La industria militar española es la séptima exportadora mundial de armas, con una cuota del 3% del negocio mundial sangriento que esto representa, y solo por debajo de las potencias de la ONU con derecho de veto más Alemania, lo que nos da una perspectiva muy diferente del asunto.

Pero la periodista opta por creer a pies juntillas el argumentario empresarial de TEDAE para afirmar que la industria de defensa española está intentando sacar cabeza fuera de España (lo cual no es para nada exacto, sino más bien todo lo contrario: está enfocada a promover la venta de armas a mansalva y al precio de generar inestabilidad mundial y armamentismo para obtener beneficio propio) y que por culpa de las pocas compras del gobierno español (otra mentira porque España cuenta ya al menos con un ciclo completo de compra de programas de armamentos innecesarios y que nos hacen arrastrar una deuda impagable de más de 30.000 millones de euros, más un segundo ciclo recién iniciado y que prevé encargos que incrementarán la deuda en los próximos años en otros 10.000 millones más, para comprar armas que no se necesitan) no puede desarrollar su potencial, con lo que su única opción pasa por fusiones que conviertan dos o tres grandes empresas en mega empresas (precisamente lo que pretende el Ministro de Defensa Pedro Morenés, anteriormente uno de los directivos más representativos del sector industrial de la defensa) y por convencer al Estado de que invierta más en Defensa:  tanto en adquisición de nuevos equipos y sistemas de armas para incentivar la creatividad de la industria militar (es decir, aún cuando no tengan en sí una finalidad directa en la defensa que se supone que es la razón de ser del ejército, sino para que la industria militar innove) como en nuevas subvenciones y ayudas (a pesar de que la industria militar obtiene créditos constantes del Ministerio de Industria a interés cero, ayudas y subvenciones multimillonarias en los presupuestos dedicadas a la «innovación militar» y múltiples ayudas de las diferentes escalas de la administración: estado, autonomías y localidades).

Se nos insinúa que se trata de una industria de alto valor añadido, que da empleo a 400 empresas y unos 20.000 personas, como si esto fuera un sector intensivo en trabajo o altamente eficiente, cuando la realidad es que ni por el peso de su masa laboral ni por su eficiencia este sector resiste la menor comparación con otros de muy alto valor social.  Quizá el gráfico siguiente de una idea más adecuada de la relación industria militar / trabajo:

investigación en armamento y trabajo

No saca la conclusión principal de la desproporción entre lo que se fabrica, la magnitud del propio sector industrial y el altísimo beneficio (casi 8.000 millones de euros en 2014) que obtienen los pocos (pero muy selectos) dueños de esta industria:  es un beneficio no en términos país, como se insinúa, sino para esa especie de élite extractiva y despiadada que no tiene patria y que nos somete a todos.

Explica como una mera anécdota el hecho de que nuestra industria militar sea absolutamente chapucera y despilfarradora, como se demuestra por los constantes fallos en los aviones A400 (con sobrecostes ya considerables y tremendos fallos de diseño y montaje), helicópteros de combate de EADS, prototipos de los submarinos S80 (que han constado un sobrecoste de más de 2000 millones de euros sin que hasta la fecha se haya podido poner a flote ninguno de los submarinos aparentemente destinados a la venta internacional) y un largo etcétera que convierte esta industria en un dechado de defectos.

Llega a la conclusión de que es necesario un impulso público al sector para hacerlo crecer. Curiosamente, la conclusión de la periodista es la conclusión del propio sector y que únicamente le beneficia a éste y a sus intrincadas complicidades con la casta política en eso que se ha dado en llamar el complejo militar industrial.

Promover y mimar la industria militar es promover y mimar el enriquecimiento de una clase parasitaria a costa del sufrimiento de pueblos enteros a los que se venden armas made in Spain.

Promover este sector es engordar un gasto militar destinado a hacer del sistema de defensa un expositor de armas de cara a su venta y beneficio para unos pocos, mediante el intervencionismo militar, el negocio de la guerra, el constante trasiego de cargos militares a países como agentes comerciales de esta industria y el desarrollo de sistemas de armas que no son necesarias para la defensa.

Una política pública que quiera desarrollar lo mejor de nosotros debería preocuparse más bien por fabricar algo socialmente útil y que permita un desarrollo justo y un reparto de riqueza  tanto en el estado español como en los supuestos clientes de nuestras industrias. Precisamente algo que no puede conseguirse vendiendo armas a mansalva y generando deuda impagable e inmoral al erario público, sino reconvirtiendo el sector y redistribuyendo su riqueza para fines socialmente útiles y justos.

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