Las morenesadas

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Carles Manel Chacón

Fuente: Público.

Pedro Morenés se ha destapado hace pocos días en lo más rancio de su carácter al mandar callar, con el gesto marcial que se le supone a todo un ministro del ejército, a una diputada con el dedito sobre la boca. ¡Callese su señoria, coño!, que diría el otro.

Pero no nos interesan estos malos modales del que hasta ahora se presentaba como el más elegante y pulcro ministro del rajoinato, que no hacen sino sacar el humor que con tanta elegancia encubría la buena tela de los trajes del trajeado ministro.

Tampoco vamos a gastar mucho tiempo en comentar el escandaloso ruido mediático producido por el caso (grave, pero no más que uno entre tantos, aunque tal vez demostrativo de cómo funcionan las estructuras militares y de lo incorregibles que son en sí) de acoso, abusos y malos tratos en el ejército que han cacareado todos los periódicos. De hecho, si algo hay abusivo contra la dignidad de todos nosotros no es sólo este trato degradante a los soldados, sino, antes y por encima de ello, el trato degradante a toda la sociedad mediante el gasto militar, la deuda impagable, las más de 70 operaciones de injerencia militar en el exterior que llevamos desde el 1982, el papel jugado en la OTAN, el propio militarismo con el que nos fustigan a todos y amenazan nuestras libertades y derechos.

Pero vayamos sobre el personaje, el noble (noble porque el sujeto es de sangre azul, nada que ver por tanto con la nobleza como virtud, y sí más bien con el elitismo y otros males que encarna la sangreazulada casta de los poderosos) Don Pedro Morenés, quien, como nos hemos cansado ya de denunciar tantas veces, forma parte del núcleo duro del complejo militar industrial a la española y aparece como un verdadero paradigma del puertagiratorismo autóctono.

Don Pedro ha concedido a las empresas que él mismo regentaba justo antes de ser Ministro de Defensa la nada despreciable cifra de 32 contratos de adjudicación de diversos servicios (fundamentalmente venta de armas).

Esto es lo que se desprende de la contestación que el ministerio ha hecho a una pregunta parlamentaria. Por supuesto, el número dice poco, sobre todo porque la “contestación” no nos informa del montante económica que ha firmado a favor de dichas empresas, con lo que no podemos saber mucho más del asunto.

Ahora, sea cual sea la cifra, llama la atención que un tipo que le ha endosado al Ministerio de Defensa más de 100 contratos de armamento en su etapa de vendedor de armas, sea el que firma con su antigua empresa otros 32 encargos más por vaya usted a saber qué importes.

Y que ese mismo señor sea el que aprobó, cuando era Secretario de Estado de Defensa, la fórmula de rearme mediante créditos a las industrias militares a interés cero y para comprar armas que no se necesitaban, generando una deuda militar impagable, resulta cuando menos asombroso y turbador.

Y que el mismo señor que nos arruina con esa deuda y que firma contratos como ministro para la empresa que dirigía antes de ser ministro y después de ser Secretario de Estado de Defensa, haya comprometido a futuro otros 10.000 millones de euros más de compras de armas, hipotecando la política que vayan a hacer los que vengan detrás, aparece ya como la desmesura del nepotismo.

Nepotismo, una palabra que tiene que ver, y mucho, con la esencia del militarismo, lo cual lo explica todo.

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