La especulación financiera sobre los alimentos causa violencia estructural

Imagen de Alexis Martín

Fuente:  Público.

Todo en aras del libre mercado. Todo en aras de la economía vaporosa que no produce nada y que sólo especula (apuesta) para que los que ya tienen mucho dinero tengan muchísimo más. Todo con la argumentación de que si ellos no se forran, a los demás no nos llegarán ni las migajas.

Hay que darles facilidades aunque éstas supongan crear nuevas situaciones de violencia estructural en cuestiones tan básicas como los alimentos.

pocos saben que uno de los principales motivos de ese sufrimiento mundial –y de que cinco millones de niños mueran por malnutrición cada año en el Tercer Mundo– es la ingeniería financiera con la que los tiburones de Wall Street transformaron los mercados de futuros de las materias primas en una ruleta bursátil, con la que seguir enriqueciéndose, tras el pinchazo de la burbuja de las puntocom en 2000-2001.

En realidad, a los primeros que se les ocurrió tan estupenda idea fue a los banqueros neoyorquinos de Goldman Sachs, quienes ya en 1991 crearon un nuevo instrumento especulativo, un índice de 18 productos básicos –del trigo, el cacao, el cerdo, el arroz o el café, al cobre y al petróleo– para que los brokers pudieran también jugar en lo que hasta entonces era un mercado especializado. A ese Goldman Sachs Commodity Index se sumaron después muchas otras grandes entidades financieras deseosas de aprovecharse de la llamada “apuesta de China”: la lógica creencia de que a medida que crezcan los ingresos de chinos, indios y otros integrantes de las nuevas clases medias de las potencias emergentes, consumirán alimentos de mejor calidad y en más cantidad. Una jugada segura.

Una jugada segura para los especuladores y segura para los pobres.  Cuando los primeros la disfrutaban, los segundos la padecían:

Es lo que la Conferencia sobre Comercio y Desarrollo de las Naciones Unidas (Unctad) denomina “financialización” de los mercados de productos de primera necesidad. Un fenómeno que se desbocó cuando los lobbies financieros norteamericanos consiguieron que el Congreso de EEUU aprobase por la vía de urgencia –para compensar a los mercados del colapso de la burbuja digital– una legislación que permitió a los grandes fondos de pensiones y hedge funds que empezasen a especular con derivados de esos índices de materias primas. Acababa de empezar el siglo XXI y tanto republicanos como demócratas abrazaban el credo de la desregulación financiera.

El resultado fue tan espectacular como ignorado por políticos y ciudadanos: en sólo cinco años, las posiciones de los fondos en el mercado de materias primas pasó de 13.000 a 317.000 millones de dólares. Esa tremenda multiplicación especulativa buscaba, por supuesto, que los precios de esos productos básicos se disparasen, para obtener pingües beneficios con los astronómicos márgenes entre lo que se paga a los agricultores (fijado de antemano e invariable) y lo que se acaba cobrando a los consumidores.

Y así fue. Según los cálculos de la Unctad, en la primera década del siglo los precios medios del trigo, el maíz y el arroz prácticamente se triplicaron… produciendo decenas de miles de millones de beneficios a los especuladores bursátiles, con los que compensaron sus pérdidas en las temerarias operaciones de las hipotecassubprime, los activos basura y los CDS. Entretanto, en 2008 estallaban revueltas del hambre en una treintena de países del Tercer Mundo, donde la mayoría de la población tiene que gastar en alimentos el 70% de sus ingresos y no puede costear ni la menor subida de precios; simplemente ha de pasar hambre.

Ni siquiera la actual crisis económica global ha frenado ese encarecimiento de los productos de primera necesidad, pues el año pasado los precios de los cereales aumentaron en más del 60%.

“El mercado de los alimentos se ha convertido en un casino”, declaró Joerg Mayer, de la Unctad, a The Guardian. “Y por una única razón: hacer que Wall Street gane todavía más dinero”.

El círculo vicioso de la especulación financiera, el hambre, la violencia.

Y es que el hambre es un arma moderna, sibilina, pero muy potente y administrada sólo por unos pocos, los más poderosos.

Estas prácticas deberían ser consideradas como un tipo de terrorismo. Terrorismo económico. Lo razonamos.  La subida de precios de los alimentos básicos va a provocar hambrunas en muchos lugares del planeta, normalmente ya depauperados de por sí.  Esto va a provocar tensiones, levantamientos, revueltas, violencia en definitiva.  Dicha violencia va a ser contestada por medio de la violencia de los gobiernos.  Todo ello producirá más violencia (y esto no es especulación, ¿cuántas veces ha ocurrido en la historia?).  Ante esta situación de violencia los países implicados, normalmente el Tercer Mundo, se verán obligados a recurrir a la financiación de los países ricos. Y no para comprar alimentos o para mejorar sus regadíos, etc. Sino para comprar armas con que garantizarse . Y con ello el primer mundo, que es quien vende las armas, vuelve a lucrarse de la situación que ha provocado.

Y, entre tanto, nuestros estados y sus gobiernos del primer mundo mirando para otro lado. La diferencia, fundamental, es que los gobiernos son elegidos por nosotros y los brokers y millonarios no. A los gobiernos y a nuestros políticos les podemos y les debemos exigir normas reguladoras de estos mercados especulativos, o quizá mejor, les debemos exigir que ilegalicen estas prácticas especulativas que no producen ningún rédito en la economía social y que impongan a los culpables que se lucraron de ellas reparaciones.

Lo público, debe garantizar los derechos básicos del común.  La alimentación es uno de ellos.  Además, los debe garantizar en España y a cualquier persona de cualquier país, si no es así, no son derechos humanos.

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