Debates electorales (III): ¿Cómo defender?

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Programas electorales (I):  por qué debatir seriamente las cuestiones de defensa.

Programas electorales (II):  qué defender.

El segundo gran hilo argumental de una política de seguridad o, si se prefiere, de defensa, es el que se refiere al cómo de la defensa; cómo llevar a cabo esa defensa de los objetivos y finalidades que en realidad merece la pena defender.

En principio una exigencia de coherencia nos llevaría a señalar que la definición de unos objetivos a defender claros impone unas metodologías coherentes con ellos. Se nos ocurre, por ejemplo, que no es muy coherente querer defender el trabajo decente, pongamos por caso, imponiendo por la fuerza condiciones laborales inhumanas o utilizando la fuerza militar para reventar huelgas laborales. No parece claro que se pueda construir la paz promoviendo la guerra.

Sin embargo el debate por el cómo de la defensa es bastante más complicado de desarrollar, pues el culto a la violencia forma parte ineludible de nuestro acervo cultural y del paradigma vigente y enturbia de una manera muy pasional las argumentaciones y los preconceptos desde los que se parte. Del mismo modo, el prejuicio de que la defensa equivale a los ejércitos está tan extendido que es difícil aparcarlo para preguntarnos por las metodologías idóneas para conseguir los objetivos dignos de ser defendidos.

Pero que nuestra cultura responda con este cierto automatismo al ideario militarista y violento no equivale a que dicho argumentario tenga razón por sí mismo y sin más. De hecho, la idea de seguridad humana acuñada desde hace varias décadas y de la que se habló en la anterior entrega, contradice esta afirmación y asimila seguridad no con la organización de la violencia institucional de los estados ni con la seguridad militar, sino con el logro de mayores cuotas de libertad personal o política, con la mejora de las condiciones sociales o laborales, con la lucha contra la enfermedad o el hambre, etcétera.

Nosotros vamos a abordar este gran apartado estableciendo cuatro grandes polos de discusión que articulan el cómo de la defensa:

  • El debate «defensa ofensiva» – «defensa defensiva»
  • El debate «violencia» – «noviolencia»
  • La estructura de la defensa.
  • Los instrumentos de la defensa.

1.- Defensa ofensiva versus defensiva

El primer debate nos permitirá definir una de las principales características de nuestra opción por un determinado modelo de defensa: si la estrategia de nuestra organización de la defensa es «ofensiva», proactiva, o de carácter «pasivo», meramente «defensivo».

Conforme a este primer criterio podremos diferenciar entre modelos de defensa que buscan provocar cambios más o menos profundos de forma proactiva y aquellos otros que únicamente buscan responder a «agresiones» de forma defensiva. El primero implica actividad política y lucha social. El segundo implica una actuación reactiva frente a agresiones. Cabe además una estrategia de defensa «mixta», mezclada.

Si nos fijamos en los diferentes modelos vigentes en la actualidad resultaría que los modelos de defensa «nuclear» (NBQR), de guerra de baja intensidad, de insurgencia o terrorismo internacional y de terrorismo de Estado comportan una opción primordialmente ofensiva, mientras que los modelos de defensa nacional convencional se dividen entre los que apuestan por una opción ofensiva y los que apuestan por una opción defensiva, y los del llamado «modelo de intervencionismo humanitario» apuestan principalmente por una opción claramente defensiva, al igual que el modelo de «defensa no ofensiva» y los modelos de «defensa civil».

Añadamos que un modelo alternativo, basado en el paradigma cooperación-noviolencia, de darse, optaría en nuestra opinión por una estrategia ofensiva y defensiva simultáneamente y haría de la lucha social contra la violencia estructural y cultural uno de sus principales baluartes.

2.- Violencia versus noviolencia

El segundo polo de preferencias en el que situarnos al responder por el cómo de la defensa se sitúa en torno al grado de aceptación o rechazo de la violencia como metodología y práctica para llevar adelante los objetivos de la defensa.

Conforme a esta pregunta debemos responder sobre el uso y la legitimidad de la violencia y, en su caso, su organización institucionalizada, para defender los objetivos que hemos definido como lo que hay que defender.

Criterios de eficacia, coherencia, justicia y otros similares son usados en este debate para fijar la postura acerca del cómo de la defensa y para situarnos en la franja del más al menos que va desde la violencia a la noviolencia como metodología de la defensa.

Los modelos militares tradicionales parten de una concepción paradigmática basada en la idea de la dominación y la violencia como ejes estructurantes de la propia idea de defensa. Por eso la justificación de los ejércitos como principal instrumento de la defensa es evidente en ellos y la apuesta por metodologías noviolentas una mera entelequia o una ingenuidad.

Ahora bien, debemos señalar que cuando se afirma la eficacia de los ejércitos para defenderse de la violencia, fundamentalmente nos estamos fijando en una modalidad muy específica de la violencia directa, ante la que aparentemente es más útil una respuesta armada ya sea para parar la violencia previa, ya para paliarla. Nosotros cuestionamos esa supuesta eficacia con el sencillo recuerdo de que no conocemos ni un solo conflicto sofocado manu militari que no haya rebrotado de una u otra forma más adelante, con lo que a la extendida e interesada explicación de que la noviolencia no ha resuelto ningún conflicto grave hasta ahora, podríamos oponerle la de que la violencia y los ejércitos no lo han conseguido nunca a pesar de su enorme peso en nuestra historia.

Pero si observamos las diferentes dimensiones de la violencia, las cosas no son tan sencillas como el prejuicio más extendido señala. Lo cierto es que junto a la violencia directa, que todo el mundo es capaz de reconocer de forma nítida y que tanto nos horroriza, existen otras fuerzas más ocultas que imponen condiciones de violencia estructural y de injusticia y situaciones de hegemonía cultural y de violencia cultural que, aparentemente, no tienen que ver con la violencia directa y que, por ello, no son objeto de la preocupación de los ejércitos. Y es a estas condiciones a las que resulta muy cuestionable plantear una defensa violenta o militar para acabar con esa injusticia estructural, en gran parte porque el militarismo y los ejércitos suelen ser parte del sistema de complicidades que la promueve.

En todo caso, el debate sobre el grado de violencia o noviolencia y su legitimidad, determina el modelo de defensa a elegir y nos permite definirlo con mayor claridad.

No es lo mismo predicar un modelo militar de defensa que un modelo noviolento basado en la prevención de conflictos, en la lucha noviolenta contra la violencia estructural, en la autoorganización social, etc.

3.- La estructura de la defensa.

Una vez esbozadas las preferencias en los anteriores debates, cabe preguntarse por la propia organización de esa defensa. El cómo no sólo hace relación a la estrategia de defensa o a la metodología estructuradora violenta o noviolenta (o sus grises intermedios), sino también a los principales elementos de dicha defensa, como son:

¿quién tiene que defender?, con una escala que va desde cuerpos especializados y especialistas hasta la sociedad en su conjunto y de forma horizontal, pasando por toda la gama de propuestas intermedias.

¿Qué estructura de la defensa? con opciones que van desde el establecimiento de una organización coordinadora y defensiva más o menos compleja y estable basada en criterios de especialización, jerarquía, obediencia, etcétera, hasta una coordinación de luchas sociales horizontales y basadas en grupos de base, sin delegación, igualitaria, etcétera.

Llamativamente, frente a las críticas que se han venido haciendo a una defensa alternativa de tratarse de un modelo teórico apto para un mundo de ángeles o para el día después de desterrado el mal del mundo, podemos confrontar cómo la defensa de otras cosas y por medios noviolentos, en estructuras abiertas y más o menos de base, es algo que ya se practica de forma habitual en infinidad de lugares y luchas, como son la ecologista, la feminista, la de la solidaridad entre los pueblos, por la vivienda digna, etcétera.

4.- Los instrumentos de la defensa:

Otro de los puntos sobre los que hay que tener opciones es el de los instrumentos de la defensa.

En este aspecto hay que preguntarse por elementos tales como:

  • Política de vecindad y relaciones exteriores.
  • Estructuras permanentes de defensa militar o civil.
  • Si se arma a la población o no.
  • Si se opta por apoyar el empoderamiento social como instrumento de una defensa diferente.
  • Si se establecen instrumentos paramilitares (por ejemplo, según la OTAN la Guardia Civil en España o la Gendarmería en Francia lo son).
  • Si se establecen mecanismos militares o policiales de control social.
  • Si se opta por la guerra como estrategia de defensa o no (en su caso si se renuncia a ella).
  • Los recursos materiales y de todo tipo dedicados a ésto y el «nivel de fuerza».
  • El nivel de armamento y si este será ofensivo (largo alcance, capacidad de proyección, letalidad, etc.) o defensivo (corto alcance, etc.) en su caso.
  • En su caso, si se reconvierten los cuerpos militares o paramilitares a otros fines.
  • En su caso, si se reduce el nivel de armamentos y de qué modo.
  • Si se privilegia una industria militar y la construcción de un complejo militar-industrial.
  • La posición ante la venta de armas.
  • En su caso si se reconvierte esta o se desmantela.
  • La legitimidad de las estrategias noviolentas (desobediencia civil, estrategias cooperativas, etc).
  • La política de prevención de conflictos y su abordaje.
  • La política de cooperación.
  • El nivel de prevención de conflictos.
  • El Espionaje y su legitimidad.
  • Las alianzas de índole militar, las bases militares.
  • Cómo se realiza el planeamiento de la defensa.
  • El abordaje de la violencia estructural.
  • La transparencia u opacidad de esta política.
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